lunes, 8 de septiembre de 2014

Duchas

Las gotas golpeaban mi frente y resbalaban por mi rostro.
Algunas se metían en mis ojos mientras que otras seguían su carrera  por mi hombros, brazos, pecho, vientre y por mis piernas, así hasta llegar al suelo de la ducha y morir en el desague.
Repetían el mismo proceso una y otra y otra vez.

Sentía como cada gota caía con fuerza y me golpeaba cada milímetro de mi cuerpo, a veces pienso que voy a salir llena de circulitos morados, también como el jabón resbalaba por mis sienes y me hacía sentirme limpia.

Mientras el agua recorría mi cuerpo mi mente estaba en otro mundo, pensando, divagando, quién sabe.

La ducha es uno de mis lugares preferidos, pensé.

Es el único sitio en el que puedes derrumbarte y que nadie te moleste, es el único lugar en el que puedes llorar sin sentirte tan débil, apenas sabes si el agua que resbala por tus carillos ha salido de tus ojos o son las gotas que caen de la alcachofa.

Y poco a poco, casi sin darte cuenta, comienzas a pensar, a dar vueltas a todo lo ocurrido durante el día, la semana, incluso el mes y te derrumbas, el mundo se te cae encima, te quedas sin fuerzas y acabas en un rincón de la ducha, con el agua calléndote en la espalda, abrazando tus rodillas y con lágrimas por las mejillas.

Así son las duchas de miles de personas al día, pero tranquilos, es un secreto, todo queda entre las cortinas y la pared del baño.

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